viernes, 24 de febrero de 2017

Hacer caridad con el bolsillo ajeno

Las medidas adoptadas contra los taxis colectivos son discriminatorias y contraproducentes

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Almendrones en La Habana (milobby.wordpress.com)
LA HABANA, Cuba.- De nuevo vuelven los castristas a una de sus ocupaciones favoritas: hacer caridad con los bolsillos ajenos. En esta ocasión se trata de las tarifas máximas que las autoridades de La Habana han decretado para los taxis colectivos, más conocidos como “almendrones”. Este ejercicio lo comenzó el fundador de la dinastía reinante con la rebaja de alquileres decretada en el mismo 1959, año de su trepa al poder.
En aquella oportunidad, un fulminante decreto dispuso la reducción de las rentas hasta a la mitad. Esto le granjeó al nuevo régimen el apoyo casi unánime de los inquilinos, amplia mayoría de la población urbana. Con gran alegría, los beneficiados consagraron el dinero extra a comprar; a mediano plazo, esto condujo al desabastecimiento. Pero cuando éste llegó, ya la prensa estaba bajo el control del poder, y la propaganda atribuyó la carestía a la acción del “enemigo”. Había que cerrar filas alrededor de los gobernantes que habían adoptado medidas tan generosas como rebajar las rentas…
En el caso de los viejos autos de alquiler, llueve sobre mojado. Las autoridades establecen topes a las tarifas, de manera análoga a como, hace apenas unos meses, fijaron precios máximos a diversos productos agropecuarios. Ya se sabe en qué terminó aquel experimento anterior: caída en picada de las ofertas y paso de buena parte de los vendedores a la complaciente bolsa negra. ¿Hay algún motivo para pensar que el nuevo ensayo terminará de manera esencialmente distinta?
La actual arremetida contra los almendrones ha producido efectos contradictorios. Una parte de los usuarios expresa satisfacción al ver reducidas las sumas que tienen que pagar. Otros sienten irritación por la evidente merma de los servicios que prestan esos viejos autos, así como por la renuencia de sus choferes a conducirlos a determinados destinos. Tal parece que esos antiguos vehículos van hacia ninguna parte.
El disgusto que expresan los operadores resulta comprensible. Los impuestos son altísimos. Las autoridades regulan y prohíben, pero no se ocupan de los diversos problemas que confrontan los dueños y arrendatarios de los taxis colectivos. La reparación de cualquier rotura implica elevados gastos. En ocasiones, los exorbitantes precios son cobrados por otros particulares que consiguen las piezas no se sabe ni cómo. Pero otras veces es el codicioso Estado el que las tasa a precio de oro.
Algo similar ha sucedido con el combustible. Como se sabe, en la economía cubana de hoy, la corrupción y la marginalidad se han convertido en elementos centrales e inevitables. La fuente fundamental del petróleo que mueve a los taxis colectivos son las entidades estatales. El desvío de recursos constituye el mecanismo que permite a los choferes de alquiler conseguir combustible a precios menores que los monopólicos que cobran las gasolineras.
Lo planteó con bastante claridad el doctor Juan Triana Cordoví en un extenso trabajo recién publicado en OnCuba: “No se puede asumir que los choferes de los almendrones compran el petróleo en las gasolineras de CUPET, a los precios oficiales. A precio CUPET y al cambio de 24 pesos MN por 1 CUC, es poco probable que se puedan conservar las ‘tarifas históricas’ para los diferentes trayectos”.
Al reducirse el suministro del codiciado producto a organismos y empresas, se contrajo la oferta y subieron los precios en el mercado informal. Por consiguiente, los aumentos en las tarifas de los taxis colectivos no fueron fruto de la codicia o el egoísmo de los operadores, sino del comprensible deseo de éstos de mantener sus ingresos, afectados por la subida real del costo del petróleo.
El celo que exhiben las autoridades ante los almendrones contrasta con la inacción que muestran ante otros medios de transporte alternativos. Hace tiempo que los carros de alquiler individuales carecen de taxímetros. La tarifa de cada carrera tiene que ser ajustada entre cliente y chofer. Estos últimos piden sin medida, pero los burócratas se desentienden de esta realidad.
Se critica a los operadores de los taxis colectivos por no completar los recorridos establecidos; los parten, cosa que les permite cobrar una suma igual por una distancia menor. Sin embargo, eso mismo hacen con total impunidad los ómnibus ruteros. Por ejemplo, los que se supone que circulen entre la Playa de Mariano y el Capitolio, anuncian de manera sistemática que sólo llegan hasta la heladería “Coppelia”; incluso cambian el recorrido, pero ninguna autoridad toma cartas en el asunto.
En el ínterin, sobre los operadores de taxis colectivos se cierne la amenaza de la represión. Los mismos que en su momento idearon una figura delictiva que parecía generada por el cerebro enfermo de un orate (“prestación deficiente de servicios”), anuncian medidas estrictas, que pueden llegar hasta sanciones penales y el comiso del vehículo. También han habilitado un teléfono para denunciar cualquier irregularidad real o supuesta, un medio ideal para ajustes de cuentas personales de todo tipo.
En resumen, el transporte en La Habana —malo de por sí— ha empeorado aún más. Y de nuevo corresponderá al desamparado cubano de a pie sufrir en su propio pellejo esta desgracia adicional. Sin importar que, en las contadas ocasiones en que pueda abordar un almendrón, pague algunos pesos menos.

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